• Diego Córdova

Post 5: Pedagogía de lo común: ¿una pedagogía de los consensos?


"Lo común comienza a dúo". A partir de esta breve oración Françoise Jullien nos recuerda que la experiencia de lo común es una que nos remite indefectiblemente a la existencia de una cierta colectividad, de una pluralidad, de un mundo, de la experiencia compartida con otros. En una línea similar, Adolfo Estrella nos recuerda que lo común es el punto de intersección entre los conjuntos participantes. Recordando el célebre Diagrama de Venn, en la teoría de conjuntos, lo común sería precisamente ese espacio en donde las singularidades parecieran encontrarse. En este sentido, los comunes pueden estar a priori definidos, como lo serían, por ejemplo, una lengua, un pasado y un territorio compartido. Sin embargo, los comunes que persigue, generalmente, la Pedagogía de lo Común no son tanto la rectificación de aquello que nos reúne, sino más bien son los comunes que son producidos mediante la experiencia del estar juntos, de compartir el aula. Es en ese sentido que decimos que la Pedagogía de lo Común es una pedagogía de la interacción que es productiva y no reproductiva en tanto existe en función de la emergencia de lo nuevo.


Pero, ¿a qué nos referimos específicamente al mencionar que lo común en nuestro modelo pedagógico es la producción mediante la interacción de ese punto de intersección entre los diferentes pero iguales? Intuitivamente, se podría decir que la Pedagogía de lo Común en la medida que es absolutamente conversacional, lo que promueve son prácticas deliberativas, en donde las distintas razones en juego se modelarán unas a otras en cuanto se vayan exponiendo los mejores argumentos en torno a un tema pedagógico compartido. En ese sentido, y tomando elementos importantes del modelo habermasiano de democracia deliberativa, la Pedagogía de lo Común no sería otra cosa que la búsqueda del consenso pedagógico entre los participantes en el aula, quienes, expuestos a los razonamientos de todos, lograron limpiar sus posiciones parciales y abrazaron un conocimiento consensuado. Común y consenso serían sinónimos. Lo común sería el reconocimiento, el descubrimiento de aquello en que estaríamos de acuerdo. Creo que no es complejo imaginar a lo común como el fruto de este procedimiento, y no obstante, considero que lo común tiene una riqueza incluso superior y aún más innovadora respecto de esta concepción consensualista de lo común.


No quiero decir aquí que una Pedagogía de lo Común no se puede orientar hacia la producción de consensos. Es más, efectivamente esta pedagogía descansa sobre la emergencia de algunos acuerdos, pero no se sutura ni satura en esa pura finalidad. Concebir que la experiencia de esta propuesta descansa en la pura búsqueda de la cristalización de aquello en lo que no podríamos sino coincidir, le restaría el potencial de diversidad que es uno de los principios sobre los que se levanta este modelo de aprendizaje. Todo modelo consensual descansa sobre la premisa esencialista que presupone la existencia de una verdad sobre la que todos podríamos coincidir en tanto fuésemos animales racionales, o al menos de saberes que se nos revelarían ante una adecuada y desapasionada voluntad de conocer. Considero que la Pedagogía de Lo Común, si bien no está en las antípodas del modelo consensual, pues en ciertas circunstancias la producción de lo común puede ser el fruto de un acuerdo compartido, entiende simultáneamente a lo común como una cuestión mucho más compleja y como un fenómeno pedagógico de una riqueza mucho más profunda que se expresa mediante el algoritmo interaccional entre diversidad y horizontalidad.


La Pedagogía de lo Común es una pedagogía profundamente innovadora. Esta innovación se nutre precisamente por una propensión permanente a activar la diversidad de miradas, de gestos y de palabras participantes en el aula bajo un telón de fondo de profunda igualdad. Lo común es para esta propuesta –tal como dice Jullien– en lo que se tiene parte, lo que se comparte y en lo que se participa. Pero compartir no implica necesariamente coincidir. Sabemos bien que enseñar es mostrar. Mostrar no es reproducir ni explicar, sino que implica, necesariamente, "poner en común" (en griego to koinonein), donar, comunalizar nuestros saberes para que ahora sean compartidos, para que todos puedan participar de ellos. Aristóteles (y también Platón) utilizan esta verbalización, este gesto, precisamente para dar cuenta del acto "dia-lógico", en donde las palabras son puestas en común, para producir la comun-icación. Una Pedagogía de lo Común descansa ni más ni menos que en dicha misma premisa. Los saberes son puestos en común, son enseñados, y lo que se comparte, el punto de intersección no es más que una diversidad de miradas que enriquecen el común pedagógico. La no persecución de una verdad, ni de un consenso en torno a lo estudiado, acompañado del profundo respeto igualitario a la diversidad de miradas, de gestos y palabras en torno al objeto común de aprendizaje, permiten que lo común no sea más que una emergencia plural de innovaciones. De una multiplicidad de saberes que, antes de la experiencia pedagógica, no se poseían. El grupo ahora sabe más que lo que sabía antes, cuando cada uno era una posición singular. Pero lo común no fue necesariamente la consecución de un acuerdo o la aproximación hacia lo verdadero del texto (como lo hace la pedagogía tradicional reproductora), sino la exposición a la diversidad, la enseñanza, la puesta en común de toda una experiencia racional y sensible de todos los participantes a partir de un común de aprendizaje.


En definitiva, la Pedagogía de lo Común es un espacio para descubrirnos, pero también para descubrir el enorme potencial que encarna la interacción entre iguales pero diferentes, en donde las diversas miradas hacia un elemento común de aprendizaje nos pueden mostrar las infinitas vetas que puede abrir una experiencia pedagógica democrática. Lo común, en conclusión, no implica la búsqueda de consensos, sino más bien reconocer lo que conlleva poner en común el mundo que compartimos, y que no puede ser sino una mezcla, un popurrí de miradas.


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